CRÍTICAS
MEMORIA DE MIS
PUTAS TRISTES
AUTOR: Gabriel García Márquez
Editorial Mondadori. (Barcelona, 2004).
Editorial Mondadori. (Barcelona, 2004).
García Márquez y el Libro de Buen Amor
J. A. MASOLIVER RÓDENAS
Publicado en La Vanguardia de Barcelona
El libro que
llevó a Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1928) a una fama sin
precedentes en el terreno de la literatura, Cien años de soledad,
es una novela feliz, una celebración de la fiesta y del amor carnal, que camina
irreversiblemente hacia el apocalipsis final, donde “las estirpes condenadas a
cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Tanto
la desesperada celebración como la apocalíptica maldición exigían un
desbordamiento narrativo que sedujo inmediatamente a los lectores y que
produjo, para nuestra desolación, una profusión de imitadores que todavía hoy
nos persiguen desde las listas de los best sellers. Es éste el García Márquez
más admirado. Hay otro, que surge directamente del periodismo, de esas magníficas
Crónicas costeñas y que conducen a unos relatos tersos, de una nitidez
asombrosa, en la que la hipérbole tiene que adaptarse al rigor de la prosa.
Pienso, como es lógico, en El coronel no tiene quien le escriba,
en Relato de un náufrago, o en Crónica de una
muerte anunciada. Son textos breves que comparten las exigencias de la
crónica periodística, a diferencia de la crónica histórica que encuentra sus
raíces en los cronistas de Indias y que culmina en Cien años de
soledad.
Para
entender cabalmente todo lo que tiene de novedad Memoria de mis
putas tristes, hay que tener en cuenta que el propio García Márquez ha
sido consciente de los manierismos a los que invita su libro más conocido. Si
cada una de sus novelas posteriores es un esfuerzo literalmente visible por
buscar nuevas salidas sin traicionar sus principios estéticos, ahora va más
lejos que nunca. La misma naturaleza del tema así lo exige. Si antes la
juventud, el hedonismo o el desbordamiento llevaban melancólicamente a la
destrucción, ahora la melancolía lleva a la salvación del protagonista, “con el
corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de
cualquier día de mis cien años”, que ya no lo son de soledad. La juventud es
ahora tan sólo una referencia, algo que pertenece al pasado, es decir, a la
nostalgia.
Añádase que, en parte por su edad, el narrador sin nombre de estas memorias es,
pese a su cinismo de prostibulario, un sentimental de lágrima fácil. Todo
invita al sentimentalismo y en la visible superación de este riesgo está uno de
los encantos de la novela. El escritor remite de forma también visible a otros
libros suyos: la referencia al buque fluvial del correo, a la hamaca, a las
goteras, al día en que se firmó “el tratado de Neerlandia que puso término a la
guerra de los Mil Días y a las tantas guerras civiles del siglo anterior”, las
trescientas jóvenes con la ceniza del miércoles en la frente, la Casilda
Armenta que remite a la Clotilde Armenta de Crónica de una muerte
anunciada, la precisión en las fechas, relacionada con la edad, como
en El coronel no tiene quien le escriba(“dejé de fumar hace
hoy treinta y tres años, dos meses y diecisiete días”, “empecé a sentir el peso
de mis noventa años, y a contar minuto a minuto los minutos de las noches que
me hacían falta para morir”) y, claro está, la referencia a los cien años ahora
vistos como una afirmación de vida.
Realidad fantasmagórica
Pero
todo aparece de una forma mitigada, sin voluntad de integrar este mundo en el
universo total de su narrativa. Apenas si hay hipérbole. La adjetivación
intensificadora (“en la penumbra ardiente”, “la voz oxidada de Rosa Cabarcas”,
“una explicación pedregosa”) nace, como en sus novelas más tersas, del rigor.
El mundo de lo maravilloso y de lo sobrenatural que domina en Cien
años de soledad está sustituido aquí por el de lo extraño y lo
fantasmágorico, con claras raíces en la realidad, porque “la realidad me parece
fantástica”. Delgadina le da un beso “tan real, que me quedó en la boca su olor
de regaliz”. Hay una realidad extraña pero que obedece a una lógica: cuando una
mujer atribulada se le atraviesa al narrador en el camino y le dice: “Yo soy la
que no buscas”, él recuerda que allí viven en libertad “los internos mansos del
manicomio municipal”. Hay una realidad fantasmagórica, de la que no queda
excluido el diablo. Y hay, sobre todo, esa realidad radiante que leímos en el
último capítulo de El coronel no tiene quien le escriba y
que vemos ahora en el capítulo quinto y último del libro, “cuando el sol
estalló entre los almendros del parque y el buque fluvial del correo, retrasado
una semana por la sequía, entró bramando en el canal del puerto. Era por fin la
vida real, con mi corazón a salvo”.
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