domingo, 8 de diciembre de 2013

CRÍTICAS

MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES

AUTOR: Gabriel García Márquez
Editorial Mondadori. (Barcelona, 2004).                  
García Márquez y el Libro de Buen Amor
J. A. MASOLIVER RÓDENAS

Publicado en La Vanguardia de Barcelona 

          El libro que llevó a Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1928) a una fama sin precedentes en el terreno de la literatura, Cien años de soledad, es una novela feliz, una celebración de la fiesta y del amor carnal, que camina irreversiblemente hacia el apocalipsis final, donde “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Tanto la desesperada celebración como la apocalíptica maldición exigían un desbordamiento narrativo que sedujo inmediatamente a los lectores y que produjo, para nuestra desolación, una profusión de imitadores que todavía hoy nos persiguen desde las listas de los best sellers. Es éste el García Márquez más admirado. Hay otro, que surge directamente del periodismo, de esas magníficas Crónicas costeñas y que conducen a unos relatos tersos, de una nitidez asombrosa, en la que la hipérbole tiene que adaptarse al rigor de la prosa. Pienso, como es lógico, en El coronel no tiene quien le escriba, en Relato de un náufrago, o en Crónica de una muerte anunciada. Son textos breves que comparten las exigencias de la crónica periodística, a diferencia de la crónica histórica que encuentra sus raíces en los cronistas de Indias y que culmina en Cien años de soledad.
          Para entender cabalmente todo lo que tiene de novedad Memoria de mis putas tristes, hay que tener en cuenta que el propio García Márquez ha sido consciente de los manierismos a los que invita su libro más conocido. Si cada una de sus novelas posteriores es un esfuerzo literalmente visible por buscar nuevas salidas sin traicionar sus principios estéticos, ahora va más lejos que nunca. La misma naturaleza del tema así lo exige. Si antes la juventud, el hedonismo o el desbordamiento llevaban melancólicamente a la destrucción, ahora la melancolía lleva a la salvación del protagonista, “con el corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día de mis cien años”, que ya no lo son de soledad. La juventud es ahora tan sólo una referencia, algo que pertenece al pasado, es decir, a la nostalgia.
          Añádase que, en parte por su edad, el narrador sin nombre de estas memorias es, pese a su cinismo de prostibulario, un sentimental de lágrima fácil. Todo invita al sentimentalismo y en la visible superación de este riesgo está uno de los encantos de la novela. El escritor remite de forma también visible a otros libros suyos: la referencia al buque fluvial del correo, a la hamaca, a las goteras, al día en que se firmó “el tratado de Neerlandia que puso término a la guerra de los Mil Días y a las tantas guerras civiles del siglo anterior”, las trescientas jóvenes con la ceniza del miércoles en la frente, la Casilda Armenta que remite a la Clotilde Armenta de Crónica de una muerte anunciada, la precisión en las fechas, relacionada con la edad, como en El coronel no tiene quien le escriba(“dejé de fumar hace hoy treinta y tres años, dos meses y diecisiete días”, “empecé a sentir el peso de mis noventa años, y a contar minuto a minuto los minutos de las noches que me hacían falta para morir”) y, claro está, la referencia a los cien años ahora vistos como una afirmación de vida.
Realidad fantasmagórica

          Pero todo aparece de una forma mitigada, sin voluntad de integrar este mundo en el universo total de su narrativa. Apenas si hay hipérbole. La adjetivación intensificadora (“en la penumbra ardiente”, “la voz oxidada de Rosa Cabarcas”, “una explicación pedregosa”) nace, como en sus novelas más tersas, del rigor. El mundo de lo maravilloso y de lo sobrenatural que domina en Cien años de soledad está sustituido aquí por el de lo extraño y lo fantasmágorico, con claras raíces en la realidad, porque “la realidad me parece fantástica”. Delgadina le da un beso “tan real, que me quedó en la boca su olor de regaliz”. Hay una realidad extraña pero que obedece a una lógica: cuando una mujer atribulada se le atraviesa al narrador en el camino y le dice: “Yo soy la que no buscas”, él recuerda que allí viven en libertad “los internos mansos del manicomio municipal”. Hay una realidad fantasmagórica, de la que no queda excluido el diablo. Y hay, sobre todo, esa realidad radiante que leímos en el último capítulo de El coronel no tiene quien le escriba y que vemos ahora en el capítulo quinto y último del libro, “cuando el sol estalló entre los almendros del parque y el buque fluvial del correo, retrasado una semana por la sequía, entró bramando en el canal del puerto. Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo”.

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